Putin está a las puertas de Kiev y ya parece algo tarde para vagar por el pasado, pero merece la pena analizar las causas que nos han traído hasta aquí. Limitarse a tachar a Putin de dictador, sátrapa, loco, imperialista, agresor, etc. no es suficiente. Sí, Putin es todas esas cosas, pero hay razones más allá de él que explican la inaceptable invasión.
La actitud de Rusia solo tiene sentido analizarla dentro del contexto de la teoría realista y el balance de poder. La élite rusa, con Putin a la cabeza, considera la caída de la URSS una catástrofe política; Rusia perdió su estatus como una de las dos grandes potencias del mundo, perdió dominio sobre lo que considera su área de influencia, y ha visto crecientemente como desde Occidente se promuevan las ideas de democracia y seguridad atlántica hasta sus propias puertas. Estas ideas, si bien a todos nosotros nos parecen loables, en Moscú se ven como amenazas directas a su régimen y al lugar en el mundo que ellos creen les corresponde como potencia.
El progresivo acercamiento de la OTAN y la UE a las fronteras rusas es, sin duda, una alerta roja para Moscú. Si el cambio de vientos en Tiblisi o la unión de los países bálticos a la organización atlántica ya fue considerada una agresión, con la importancia relativa que estas repúblicas tienen, la invitación a Ucrania (un país de tamaño, con una importante población rusa y una gran frontera compartida) a integrarse en las estructuras occidentales era, sencillamente, inaceptable para Putin. Y si se puede opinar que ese miedo es injustificado, cabe pensar si en EE. UU. tolerarían que, por ejemplo, en Canadá se instalase un régimen satélite de China, con presencia militar incluida.
En este contexto de una percibida amenaza estratégica creciente, y unido a su evidente afán expansionista, Putin sin duda ha visto una oportunidad en la debilidad de Occidente. La más clara vulnerabilidad que padecemos, especialmente los países de centro y este de Europa, es la dependencia energética con Rusia. No es casualidad que las tropas rusas hayan atacado en febrero y no en julio; en el Kremlin saben que vamos a tener que seguir comprando su gas y petróleo, y que esa dependencia mitiga toda capacidad de sanción que podamos imponer. No es este el momento de ahondar en la nefasta política energética de Europa, pero basta decir que nos hemos disparado en nuestro propio pie al abandonar energías perfectamente viables y al imponer enormes costos y restricciones ambientales altamente discutibles.
Pero no solo esto; en Occidente, además, nos encontramos inmersos en un ridículo ejercicio de implosión. Y nuestros adversarios lo saben. El pensador Douglas Murray ya dijo hace poco que “tendremos a los bárbaros a las puertas y estaremos preocupados discutiendo qué pronombres llamarles”. Sería interesante preguntar ahora mismo a un ciudadano ucraniano si prefiere vivir en este aparente Occidente “heteropatriarcado opresor, tránsfobo, sistémicamente racista, y que solo genera desigualdad y contaminación” … o en esa maravillosa alternativa rusa que les está aplastando con tanques y bombas. El sonido de las carcajadas que deben llevar años sonando en Moscú y Beijing, al ver como nosotros mismos parecemos decididos a erosionar todo lo bueno que Occidente ha construido, se han transformado de la manera más cruda en el sonido de las alarmas anti-áreas de Kiev.
¿Cuál sería una salida óptima para Occidente y Ucrania, llegados a este punto? Una victoria y conquista rusa sería absolutamente indeseable, por supuesto. Putin querrá anexionar a Moscú gran parte del este de Ucrania, e instaurar un gobierno títere en Kiev controlando el resto del país. No hay que explicar en mayor detalle el por qué dejar que esto ocurra sería un desastre para Ucrania, el orden internacional y los intereses occidentales.
La salida opuesta, la victoria o resistencia de Ucrania (con apoyo pasivo occidental), no sólo es altamente improbable, por la disparidad de poderío militar, sino que también nos llevaría a una situación preocupante: dejar a un sátrapa derrotado, humillado y con ganas de revancha con un botón nuclear a su alcance no parece un escenario estable. Por mucho que nos gustaría ver a Putin de rodillas y con grilletes, la triste realidad es que va a haber que lidiar con él de una manera que no escale la situación fuera de control.
Esto nos lleva a una salida pactada, con una Ucrania neutra e íntegra como componente central. Y, para lograrlo, todos los actores se van a ver forzados a hacer concesiones.
Rusia va a tener que sacar sus tropas de Ucrania y garantizar su soberanía e integridad territorial. “Integridad” incluye al Donbás pero excluye a Crimea, por desgracia; Crimea, por mucho que les pese a los ucranianos, está perdida a manos de Rusia dese 2014.
Occidente va a tener que abandonar toda pretensión de integrar a Ucrania en la UE o en la OTAN. Ucrania deberá ser un territorio neutro, con capacidad de negociar y aliarse política y económicamente tanto con Rusia como con Europa, pero sin pertenecer formalmente a ninguna estructura.
Adicionalmente, en un plazo de 2-4 años, Occidente deberá ir relajando parte de las sanciones impuestas a la economía rusa. Y Rusia va a tener que negociar con el FMI, la UE., EE.UU. y la propia Ucrania un plan económico para el país.
Ucrania, por su parte, va a tener que aceptar la inmutable realidad de la geografía y la despiadada anarquía de las relaciones internacionales, donde “los fuertes hacen lo quieren y los débiles sufren lo que deben”, Tucídides dixit. En estos trágicos momentos, conservar un país soberano e independiente no es mala salida para el pueblo ucraniano.
Para llegar al punto donde sea viable un acuerdo, se debe trabajar para llevar a Putin a la mesa de negociación. Para ello, hay que continuar aumentando el coste de la guerra para Moscú. Ello pasa, en primer e inexorable lugar, por la resistencia ucraniana, que está demostrando tremenda valentía. Los ucranianos tienen que seguir resistiendo, y todo el mundo libre debe seguir apoyándoles, por vías políticas, económicas y militares, hasta donde sea posible. Debemos enviar material militar; debemos seguir imponiendo sanciones económicas; y debemos seguir con la presión política, aislando a Rusia de las instituciones internacionales. Hay más que fundadas sospechas de que Putin no previó ni el valor de los ucranianos ni la firmeza occidental, y hay que seguir presionando. Pese a que el Kremlin y sus oligarcas puedan aguantar, desde luego nunca se van a ver forzados a negociar si no empiezan a sufrir consecuencias. El coste de la guerra debe ser más alto que el coste de negociar.
Esta es la salida más realista, plausible y beneficiosa que parece abrirse para acabar con la situación actual, pero no implica que Occidente no deba adaptarse a largo plazo, ni Rusia “irse de rositas” tras su atroz agresión. Además de mantener parte de las sanciones, sobre todo al círculo más estrecho de Putin, la principal manera, y la menos agresiva, que tiene el mundo libre (especialmente la anciana Europa) de mitigar el poder e influencia rusas es limitar su dependencia económica y energética. Tenemos que diversificar nuestro sistema energético, empezando por una revolución nuclear en el continente, siguiendo por la construcción de más gas y oleoductos que no transiten por Rusia, y terminando por repensar las limitaciones ambientales que nos hemos autoimpuesto.
Y, finalmente, Europa debe aprender que la seguridad y defensa no son asuntos del siglo XX, sino que son y seguirán siendo tema central de las relaciones internacionales. Debemos, de una vez por todas, tomarnos más en serio y contribuir con los recursos que corresponden al sistema de seguridad atlántico… Y, si no, pues hasta la próxima invasión.
Fantástico y esclarecedor artículo. Maravillosamente expuesto. Ojala, los que lo tienen en sus manos sean capaz de comprenderlo.
Excelente análisis de las causas del conflicto e inteligente sugerencia de salida. Efectivamente a Europa Occidental le toca espabilar recuperando las principales fuentes de energía y dejando de lado doctrinas muy discutibles altamente contaminantes.