El colectivismo vuelve a estar de moda. Si parecía que esa filosofía destructiva había sido enterrada en el basurero de la historia, regresa enmascarada tras causas en apariencia nobles, pero con las mismas narrativas y premisas fallidas de siempre.
Por colectivismo me refiero a la filosofía que considera que la unidad primaria de realidad es el grupo. Las características colectivas prevalecen sobre las individuales y predeterminan cualquier acción o planteamiento de cualquier persona.
En su moda más reciente, el colectivismo viene de la mano del postmodernismo. La premisa postmodernista es que no existen absolutos, sino que la realidad que vivimos es una construcción social impuesta por el grupo dominante: no hay una realidad objetiva, no hay valores objetivos, nada. Cualquier concepción sobre estos temas es siempre una imposición de un grupo de poder sobre los demás, con el fin expreso de perpetuar esa jerarquía.
Este colectivismo postmodernista teje una narrativa clara: las sociedades occidentales están expresamente diseñadas para perpetuar el dominio de un grupo – el hombre blanco heterosexual – sobre los demás, que viven oprimidos bajo la jerarquía dominante. Cualquier disparidad de resultados sería evidencia clara de esa estructura opresora.
Esta es la narrativa tras la reciente moda americana de hacer que toda persona blanca se arrodille ante cualquier persona negra. Es la narrativa de un aprendiz de dictador patrio que divide a la sociedad en “casta” y “pueblo”, “empresario explotador” y “trabajador sufridor”. Es la narrativa del feminismo radical y su “hetero-patriarcado opresor”. Es, en definitiva, la de los colectivistas para quienes quién seas tú, lo que hayas hecho, tus valores y decisiones no importan si perteneces a un grupo “opresor”. Y es la de los postmodernistas que sólo conciben sociedades expresamente articuladas para dominar; el blanco al negro, el rico al pobre; el hombre a la mujer.
Pues no.
Me niego a ver a la sociedad como meros grupos enfrentados, pues creo que es una retórica destructiva y falsa.
Me niego a ver a la sociedad dividida en colectivos uniformes, pues es una mentalidad tribal que anula la libertad individual, y negadora de la diversidad.
Me niego a pensar que la pertenencia a un determinado grupo es lo más distintivo de ninguna persona, pues considero a cada individuo alguien magníficamente único y autónomo.
Me niego a asumir que todos los males de un grupo son consecuencia de la opresión por parte de otro, porque creo que conduce al victimismo, y que una gran parte del poder de mejorar nuestras vidas está en nuestras propias manos.
Me niego a aceptar que la igualdad de resultado es algo deseable, porque en una sociedad libre y diversa los distintos talentos, esfuerzos e intereses de las personas necesariamente producirán resultados diferentes.
Me niego a aceptar que las sociedades occidentales son intrínsecamente opresoras pues, pese a lo que queda por mejorar, son las más libres y prósperas del mundo actual, y de la historia.
Creo en la dignidad y plenitud de cada persona, y que el valor de cada uno reside en su carácter, en sus valores y en sus decisiones, más allá de los colectivos a los que pueda pertenecer.
Creo en la libertad individual como un valor absoluto, sólo limitada por la libertad de los demás; y creo que la libertad debe ser el principio y fin articulador de cualquier sociedad.
Creo en la responsabilidad individual, pues sin responsabilidad no hay libertad ni capacidad de decisión.
Creo en la diversidad y en la tolerancia. Valoro la pluralidad de ideas, talentos e intereses, y considero que una sociedad diversa es el mejor reflejo de un mundo de personas libres.
Creo que la única victoria contra la exclusión se dará cuando dejemos de hablar de grupos y pasemos a hablar de personas, pues cada persona es un santuario de dignidad y derechos.
Creo en la igualdad de oportunidades, no de resultados. Creo que cada persona debe poder decidir la vida que quiere vivir, y tener la oportunidad de intentar hacerla realidad, sin importar si el resultado final es robóticamente igualitario.
Creo en Occidente y en los valores sobre los que nuestro modo de vida se asienta; creo que nuestra civilización es la más humana, digna y libre que existe, y quiero hacerla cada vez mejor, nunca destruirla.
Y creo que todas las experiencias del siglo XX han demostrado que el colectivismo trae miseria, esclavitud y muerte; mientras que la individualidad trae libertad, prosperidad y diversidad.