“¿En qué momento se jodió Occidente?” nos preguntaremos en el futuro… En este. En este preciso momento.
Parafraseo la inmortal frase de Vargas Llosa para poner de relieve el peligroso camino que se está abriendo en nuestras sociedades – o que lleva abriéndose desde los años 90 y ahora está explotando – que, de dejar seguir su curso, puede conducir a la caída del modo de vida occidental tal y como lo conocemos.
Occidente está en un proceso de de-construcción, impulsado por una izquierda radical, postmodernista y colectivista, que está empujando con plena determinación una agenda destructiva para desmantelar las estructuras de la sociedad occidental actual; el individuo como principio y fin; la libertad de elección, expresión y acción; la economía de mercado; y la democracia representativa.
Cuando la izquierda radical pretende acabar con los dos géneros (ya hay, supuestamente, más de 72 posibles identidades sexuales, a libre y alegre elección de cada cual) pretenden atacar la esencia misma, biológica, del individuo, y hacerlo más frágil y vulnerable. ¿O alguien piensa que al otro lado de este laberinto nihilista de infinitos sexos las personas saldrán más estables, más seguras, con mayores soportes morales para afrontar sus vidas?
Ya nadie sensato puede negar que el capitalismo genera libertad y prosperidad, riqueza y bienestar, para cada vez un mayor número de personas, así que hay que atacarlo desde otro lado: es malo porque genera desigualdad… pero no desigualdad de oportunidades, sino de resultados – todos debemos tener lo mismo, da igual méritos, talentos, capacidades o esfuerzo (ahí tienen el vídeo de campaña de Kamala Harris).
Las constantes luchas contra el “heteropatriarcado opresor” o el “racismo sistémico” en Estados Unidos y Europa no son inocentes apelaciones a la igualdad y la inclusión (cosas loables que nadie discute); son ataques a nuestras democracias, pues son intrínseca y fundamentalmente malas, opresoras, racistas y sexistas… es inevitable que haya que derribar estas estructuras, pues.
Por supuesto, no se tolera ni la más mínima discrepancia. La llamada “cultura de la cancelación” es una más que evidente realidad. La intransigencia es total; el sometimiento, absoluto. Y si no, prepárate a sufrir las consecuencias. Hay pruebas más que evidentes, diarias, pero, por no ir muy lejos… ¿cuántas veces ha comentado usted con un amigo “no, esto no se puede decir en público” al hablar sobre una idea discrepante del relato oficial en racismo, sexismo, igualdad o cambio climático?
La determinación de esta izquierda radical, y su brillante habilidad para maquillar sus verdaderas intenciones bajo causas nobles está resultando en que cada vez más capas moderadas de la sociedad vayan aceptando sus premisas (no sólo personas, sino corporaciones, instituciones y organizaciones) sin entender a fondo las consecuencias o el peligro que encierran. Es decir, esta agenda va sumando números a su favor, así sea sin intención.
Pero, paralelamente, se aprecia una creciente resistencia (recordemos que Trump ha sacado 10 millones de votos más que en el 2016, o que hay crecientes movimientos nacional-conservadores en media Europa). Hay una parte importante de la sociedad que cada vez se siente más incómoda e, incluso, atacada, por esta agenda y por el sometimiento absoluto a esos “ideales” que exige. Pensar en libertad, vivir valores tradicionales, ser conservador es una verdadera epopeya en ciertos lugares.
Esta dinámica triangular (radicalidad e intransigencia de la izquierda-aceptación silenciosa de capas moderadas-sentimiento de ataque y rechazo del resto) puede traer consecuencias graves en las sociedades occidentales, pudiendo llegar incluso a la fragmentación sociopolítica de algunos Estados-nación. Es decir, no es descabellado pensar que llegue un punto en que la parte atacada se vea definitivamente alienada, y no verá posible continuar una convivencia común bajo una creciente ideología radical e intolerante. Hay pruebas de esta profunda desafección: un estudio de Pew Research de este mes encuentra que sólo el 20% de los americanos creen que los votantes de Trump y de Biden comparten los mismos valores fundamentales.
Si llega ese momento, es posible que esa parte de la sociedad se concentre en enclaves más acordes a sus principios de vida y éstos lleguen, incluso, a buscar la independencia política. Por poner un ejemplo tangible: ni quiero, ni deseo, ni creo que finalmente ocurra, pero no es una locura pensar en ver en este siglo nacer la República Independiente de Texas, o/y otras.
Paradójicamente, consiguiendo así hacer realidad el sueño de la izquierda radical, al quebrar el sistema occidental o, al menos, fragmentarse.